Regresó a la cocina con la botella de vino en la mano. El rostro le temblaba a pesar suyo.
—Ana, desde luego tienes un talento especial para meterte en líos. Fuiste y le diste a Diana vino de uvas pasas en vez de cordial de frambuesa. ¿Es que tú misma no sabías la diferencia?
—Nunca lo probé —dijo Ana—. Pensé que era el cordial. Quería ser muy, muy hospitalaria. Diana se puso malísima y tuvo que irse a casa. La señora Barry le dijo a la señora Lynde que estaba simplemente borracha perdida. Se rio de forma tonta cuando su madre le preguntó qué le pasaba y se fue a dormir y durmió durante horas. Su madre le olió el aliento y supo que estaba borracha. Ayer tuvo un dolor de cabeza terrible todo el día. La señora Barry está muy indignada. Jamás creerá otra cosa que no sea que lo hice a propósito.
—Más le valdría castigar a Diana por ser tan tragona como para tomarse tres vasos llenos de lo que fuera —dijo Marilla cortante—.
Vaya, tres de esos vasos grandes la habrían enfermado aunque solo hubiera sido aguardiente. Bueno, esta historia le va a venir de perlas a toda esa gente que me critica tanto por hacer vino de grosellas, aunque no he hecho desde hace tres años, desde que descubrí que al ministro no le parecía bien. Esa botella la guardaba solo para casos de enfermedad.
Anda, anda, niña, no llores. No veo que hayas tenido la culpa, por más que sienta que haya pasado.
—Debo llorar —dijo Ana—. Mi corazón está destrozado. Las estrellas en sus cursos luchan contra mí, Marilla. Diana y yo estamos separadas para siempre. Oh, Marilla, poco imaginaba esto cuando por primera vez hicimos nuestros votos de amistad.
—No seas tonta, Ana. La señora Barry lo reconsiderará cuando descubra que en realidad no tienes la culpa. Supongo que piensa que lo has hecho