que siento desde el fondo del corazón, pero en momentos como este es más fácil. Te quiero tanto como si fueras de mi propia carne y sangre, y has sido mi alegría y mi consuelo desde que llegaste a Green Gables.
Dos días después llevaron a Matthew Cuthbert sobre el umbral de su hogar y lejos de los campos que había labrado, de los huertos que había amado y de los árboles que había plantado; y entonces Avonlea volvió a su placidez habitual e incluso en Green Gables los asuntos regresaron a su viejo cauce y el trabajo se hizo y los deberes se cumplieron con regularidad como antes, aunque siempre con la dolorosa sensación de «pérdida en todas las cosas familiares».
Anne, inexperta en el dolor, consideraba casi triste que pudiera ser así —que pudieran seguir a la manera de siempre sin Matthew—. Sintió algo parecido a la vergüenza y el remordimiento cuando descubrió que los amaneceres tras los abetos y los pálidos capullos rosados que se abrían en el jardín le infundían la antigua oleada de alegría al verlos, que las visitas de Diana le resultaban gratas y que las alegres palabras y maneras de Diana la movían a la risa y a la sonrisa; que, en resumen, el hermoso mundo de la floración, el amor y la amistad no había perdido nada de su poder para complacer su imaginación y estremecer su corazón, que la vida aún la llamaba con muchas voces insistentes.
—Me parece una deslealtad hacia Matthew, de algún modo, encontrar placer en estas cosas ahora que él ya no está —le dijo con melancolía a la señora Allan una tarde en que ambas estaban en el jardín de la casa pastoral—. Lo extraño muchísimo... todo el tiempo... y aun así, señora Allan, el mundo y la vida me parecen muy hermosos e interesantes a pesar de todo. Hoy Diana dijo algo gracioso y me descubrí riendo. Cuando sucedió, pensé que jamás volvería a reír. Y de algún modo siento como si no debiera hacerlo.