Todos los escolares de Avonlea vivían ese día en un mar de entusiasmo, pues había que decorar el salón y celebrar el último y gran ensayo.
El concierto se celebró por la noche y fue un éxito rotundo. El pequeño salón estaba abarrotado; todos los artistas lo hicieron maravillosamente bien, pero Ana fue la estrella indiscutible de la ocasión, como ni siquiera la envidia, bajo la forma de Josie Pye, se atrevió a negar.
—Oh, ¿no ha sido una velada brillante? —suspiró Ana, cuando todo hubo terminado y ella y Diana caminaban juntas hacia casa bajo un cielo oscuro y estrellado.
—Todo salió muy bien —dijo Diana con sentido práctico—. Supongo que debemos de haber ganado al menos diez dólares. Imagínate, el señor Allan va a enviar una crónita de esto a los periódicos de Charlottetown.
—Oh, Diana, ¿de verdad veremos nuestros nombres impresos? Me emociona de solo pensarlo. Tu solo estuvo perfectamente elegante, Diana. Me sentí más orgullosa que tú cuando lo bisaron. Me dije a mí misma: «Es mi querida amiga del alma la que recibe tal honor».
—Bueno, tus recitaciones acaban de venirse abajo con los aplausos, Ana. Esa triste fue sencillamente espléndida.
—Oh, estaba tan nerviosa, Diana. Cuando el señor Allan pronunció mi nombre, la verdad es que no sé cómo pude subir a esa tarima. Sentí como si un millón de ojos me estuvieran mirando, atravesándome, y durante un momento terrible tuve la seguridad de que no podría empezar.
Entonces pensé en mis preciosas mangas abullonadas y cobré valor. Supe que tenía que estar a la altura de esas mangas, Diana. Así que comencé, y mi voz parecía venir de muy, muy lejos. Me sentía como un loro. Es providencial que haya practicado esas recitaciones tantas veces allá arriba en el desván, o jamás habría podido terminar.
¿Gemí bien?