Vuelve a sentarte en silencio, calla y pórtate como debe portarse una niña
—Trataré de hacer y ser todo lo que quieras, si tan solo me conservas —dijo Ana, volviendo dócilmente a su otomana.
Cuando regresaron a Green Gables esa tarde, Matthew salió a su encuentro en el sendero. Desde lejos, Marilla lo había visto merodeando por allí y adivinado su propósito.
Estaba preparada para el alivio que leyó en su rostro al ver que, al menos, había traído a Anne de regreso con ella. Pero no le dijo nada respecto al asunto hasta que ambos estuvieron en el corral detrás del granero ordeñando las vacas. Entonces le relató brevemente la historia de Anne y el resultado de la entrevista con la señora Spencer.
—No le daría ni un perro que me gustara a esa mujer de los Blewett —dijo Matthew con insólita energía.
—No me hace mucha gracia su forma de ser —admitió Marilla—, pero es eso o quedárnosla nosotros, Matthew. Y, ya que parece que la quieres, supongo que estoy dispuesta... o que tengo que estarlo. He estado dándole vueltas a la idea hasta que casi me he acostumbrado. Me parece una especie de deber. Nunca he criado a un niño, y menos a una niña, y me atrevo a decir que haré un desastre terrible. Pero haré lo posible. Por mi parte, Matthew, puede quedarse.
El rostro tímido de Matthew era un destello de alegría.
—Bueno, contaba con que lo vieras de ese modo, Marilla —dijo—. Es una criaturita muy interesante.
—Más al grano sería que pudieras decir que es una personita útil —replicó Marilla—, pero yo me encargaré de que aprenda a serlo. Y mira, Matthew, no vas a andar interfiriendo en mis métodos. Quizá una