Un viento fresco soplaba desde las crestas de las colinas occidentales pobladas de abetos sobre los largos campos de cosecha y silbaba entre los álamos.
Una estrella brillante pendía sobre el huerto y las luciérnagas revoloteaban en el Callejón de los Enamorados, entraban y salían entre los helechos y las ramas crujientes. Anne las miraba mientras hablaba y de algún modo sentía que el viento, las estrellas y las luciérnagas se enredaban en algo inefablemente dulce y encantador.
—Oh, Marilla, he tenido una tarde de lo más fascinante. Siento que no he vivido en vano y siempre me sentirán así, incluso aunque nunca me vuelvan a invitar a tomar el té a una casa pastoral. Cuando llegué, la señora Allan me recibió en la puerta. Llevaba puesto un vestido preciosísimo de organdí rosa pálido, con montones de volantes y mangas hasta el codo, y parecía un auténtico serafín. De verdad creo que me gustaría ser la esposa de un ministro cuando sea grande, Marilla. A un ministro tal vez no le importaría mi cabello