La clase de la reina está organizada
Marilla dejó su labor de punto sobre su regazo y se recostó en la silla. Tenía los ojos cansados y pensó vagamente que tendría que ver de cambiarse los anteojos la próxima vez que fuera al pueblo, pues últimamente se le cansaban los ojos muy a menudo.
Casi era de noche, pues el apagado crepúsculo de noviembre había caído en Green Gables, y la única luz en la cocina provenía de las danzantes llamas rojas en la estufa.
Anne estaba acurrucada a la turca sobre la alfombra de la chimenea, contemplando aquel fulgor alegre donde el sol de cien veranos se destilaba de la leña de arce. Había estado leyendo, pero su libro se había caído al suelo, y ahora soñaba despierta, con una sonrisa en los labios entreabiertos.
Castillos relucientes en España se iban formando entre las nieblas y los arcos iris de su vívida imaginación; aventuras maravillosas y cautivadoras le sucedían en el país de las nubes—aventuras que siempre terminaban triunfantemente y nunca la metían en apuros como los de la vida real.
Marilla la miró con una ternura que jamás se habría permitido manifestar con más claridad que aquella suave mezcla de resplandor de fuego y sombra.