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nydus/Anne of Green GablesPublic
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IX. La señora Rachel Lynde está debidamente horrorizada

Se había hecho amiga del manantial que estaba abajo, en el hondo valle⁠—ese manantial maravilloso, profundo, transparente y helado como el hielo; estaba rodeado de suaves areniscas rojas y orlado por grandes matas de helechos acuáticos parecidas a palmeras; y más allá había un puente de troncos sobre el arroyo.

Ese puente condujo los pies danzantes de Ana colina arriba, a través de un bosque situado más allá, donde reinaba un crepúsculo perpetuo bajo los abetos y abetos rojos, rectos y de espeso follaje; las únicas flores allí eran miríadas de delicadas «campanillas de junio», las más tímidas y dulces de las flores silvestres, y unas cuantas flores estelares, pálidas y aéreas, semejantes a los espíritus de las flores del año pasado.

Los hilos de la virgen brillaban como hebras de plata entre los árboles, y las ramas y borlas de los abetos parecían proferir palabras amistosas.

Todos estos arrebatados viajes de exploración se realizaban en las medias horas libres que se le permitían para jugar, y Ana dejó medio sordos a Mateo y a Marilla con sus descubrimientos.

No es que Mateo se quejara, desde luego; lo escuchaba todo con una sonrisa muda de disfrute en el rostro; Marilla permitía la «cháchara» hasta que se descubría a sí misma interesándose demasiado en ella, momento en el que siempre cortaba en seco a Ana con una orden cortante de que callara.

Anne estaba en el huerto cuando llegó la señora Rachel, deambulando a su antojo por entre la hierba exhuberante y temblorosa salpicada por la rojiza luz del atardecer; de modo que la buena señora tuvo una oportunidad excelente para explayarse sobre su enfermedad, describiendo cada dolor y cada palpitación con un disfrute tan evidente que Marilla pensó que hasta la gripe debía de traer consigo sus compensaciones.

Cuando los detalles se agotaron, la señora Rachel introdujo el verdadero motivo de su visita.

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