—Ahora, por favor, sírvete tú misma, Diana —dijo amablemente—. No creo que yo vaya a tomar ahora. No me siento con ganas de comer nada después de todas esas manzanas.
Diana se sirvió un vaso lleno, contempló su brillante tono rojo con admiración y luego lo sorbió con delicadeza.
—Es un cordial de frambuesa terriblemente bueno, Ana —dijo ella—. No sabía que el cordial de frambuesa fuera tan bueno.
“Me alegra mucho que te guste. Coge todo lo que quieras. Voy a salir un momento a avivar el fuego. Hay tantas responsabilidades en la cabeza de uno cuando lleva una casa, ¿verdad?”
Cuando Ana regresó de la cocina, Diana estaba bebiendo su segundo vaso de cordial y, ante los ruegos de Ana, no puso ninguna objeción en tomarse un tercero. Los vasos eran generosos y el cordial de frambuesa estaba, sin duda, riquísimo.
—El más rico que he tomado —dijo Diana—. Es muchísimo más rico que el de la señora Lynde, aunque ella presume tanto del suyo. No se parece en nada al de ella.
—Supongo que el cordial de frambuesa de Marilla será probablemente mucho más rico que el de la señora Lynde —dijo Ana con lealtad—. Marilla es una cocinera excelente. Está intentando enseñarme a cocinar, pero te aseguro, Diana, que es una labor cuesta arriba. Hay muy poco margen para la imaginación en la cocina. Simplemente tienes que seguir las reglas. La última vez que hice un pastel me olvidé de ponerle la harina. Estaba pensando en una historia preciosísima sobre ti y sobre mí, Diana. Me imaginé que estabas gravísima con viruela y que todo el mundo te abandonaba, pero yo iba valientemente a tu cabecera y te cuidaba hasta devolverte la salud; y entonces a mí me daba la viruela y moría y me enterraban bajo aquellos chopos del cementerio y tú plantabas un rosal