a «Beechwood». Era una mansión antigua bastante hermosa, retirada de la calle en la intimidad de olmos verdes y hayas ramificadas. La señorita Barry las recibió en la puerta con un brillo en sus agudos ojos negros.
—Así que por fin has venido a verme, muchacha Anne —dijo—. ¡Válgame Dios, hija, cómo has crecido! Te aseguro que eres más alta que yo. Y estás mucho más guapa de lo que solías, también. Pero me atrevería a decir que ya lo sabes sin que te lo digan.
—En verdad que no —dijo Ana con una sonrisa radiante—. Sé que no tengo tantas pecas como antes, así que tengo mucho que agradecer, pero la verdad no me había atrevido a esperar ninguna otra mejoría. Me alegro muchísimo de que usted crea que la hay, señorita Barry.
La casa de la señorita Barry estaba amueblada con «gran magnificencia», como Anne le contó a Marilla más tarde. Las dos pequeñas campesinas se sentían bastante amedrentadas por el esplendor del salón donde la señorita Barry las dejó cuando fue a ocuparse de la cena.