Ana le devolvió la sonrisa. Esos dos eran mejores amigos y Mateo daba gracias al cielo una y otra vez por no tener nada que ver con su educación. Esa era una tarea exclusiva de Marilla; si hubiera sido suya, se habría sentido preocupado por los frecuentes conflictos entre la inclinación y dicho deber. Tal como estaban las cosas, tenía la libertad de «malcriar a Ana» —frases de Marilla— tanto como quisiera. Pero después de todo no era un mal arreglo; un poco de «aprecio» a veces hace tanto bien como toda la «educación» concienzuda del mundo.
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XXIV. La señorita Stacy y sus alumnos organizan un concierto
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