“Todo ha terminado”, le informó a Marilla. “Jamás volveré a tener otra amiga. En realidad estoy peor que nunca, porque ahora ya no tengo a Katie Maurice ni a Violetta. Y aun si las tuviera, no sería lo mismo. De algún modo, las pequeñas niñas de los sueños no satisfacen después de una amiga de verdad.
Diana y yo tuvimos una despedida de lo más conmovedora junto al manantial. Quedará grabada como algo sagrado en mi memoria para siempre. Usé el lenguaje más patético que se me ocurrió y le hablé de «tú». El «tú» parece mucho más romántico que el «usted».
Diana me dio un mechón de su pelo y voy a coserlo en una bolsita para llevarlo alrededor del cuello toda la vida. Por favor, asegúrate de que sea enterrado conmigo, porque no creo que vaya a vivir mucho tiempo. Quizás, cuando me vea tendida fría y muerta ante ella, la señora Barry sienta remordimiento por lo que ha hecho y deje que Diana venga a mi funeral”.
—No creo que corras mucho peligro de morirte de pena mientras puedas hablar, Ana —dijo Marilla sin simpatía.
El lunes siguiente, Anne sorprendió a Marilla al bajar de su habitación con su cesta de libros en el brazo y los labios apretados en una línea de determinación.
—Voy a volver a la escuela —anunció—. Eso es lo único que me queda en la vida, ahora que me han arrancado a mi amiga sin piedad. En la escuela podré mirarla y meditar sobre los días idos.
—Más harías en meditar sobre tus lecciones y cuentas —dijo Marilla, ocultando su alegría ante aquel cariz que tomaban los acontecimientos—. Si vas a volver a la escuela, espero que no volvamos a saber de pizarras rotas en la cabeza de nadie ni de semejantes andanzas. Pórtate bien y haz exactamente lo que te diga tu maestro.