Son como yo pensaba que eran los diamantes. Hace mucho tiempo, antes de haber visto un diamante jamás, leí sobre ellos e intenté imaginar cómo serían. Pensé que serían encantadoras piedras de un brillo violáceo. Cuando vi un diamante de verdad en el anillo de una señora un día, me descepcioné tanto que me puse a llorar. Por supuesto, era muy hermoso, pero no era mi idea de un diamante. ¿Me dejarás sostener el broche por un minuto, Marilla? ¿Crees que las amatistas pueden ser las almas de las violetas buenas?
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XIII. Los placeres de la anticipación
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