—Oh, querida y buena Marilla. Oh, eres tan buena conmigo. Oh, te estoy tan agradecida.
Lanzando sus «ohs», Ana se arrojó a los brazos de Marilla y besó con arrebato sus cetrinas mejillas.
Era la primera vez en toda su vida que unos labios infantiles tocaban voluntariamente el rostro de Marilla. De nuevo la invadió aquella repentina sensación de estremecedora dulzura. Estaba secretamente muy complacida por la impulsiva caricia de Ana, lo cual probablemente era el motivo por el que dijo con brusquedad:
—Vaya, vaya, déjate de tonterías y besos. Preferiría verte hacer exactamente lo que se te ordena. En cuanto a la cocina, tengo la intención de empezar a darte lecciones de eso cualquier día de estos. Pero eres tan alocada, Ana, que he estado esperando a ver si te formalizabas un poco y aprendías a tener los pies en la tierra antes de empezar. Tienes que estar con los cinco sentidos en la cocina y no detenerte a mitad de las cosas para dejar que tus pensamientos vaguen por toda la creación. Ahora bien, saca tus retazos de costura y ten el cuadrado listo antes de la hora del té.
—No me gustan los retazos —dijo Ana con tristeza, buscando su costurero y sentándose ante un montoncito de rombos rojos y blancos con un suspiro—. Pienso que algunas clases de costura estarían bien, pero no hay margen para la imaginación en los retazos. Es solo una pequeña costura tras otra y nunca parece que llegues a ninguna parte. Pero, por supuesto, prefiero ser Ana de Tejados Verdes cosiendo retazos que Ana de cualquier otro lugar sin nada que hacer más que jugar. Aunque desearía que el tiempo pasara tan rápido cosiendo retazos como cuando juego con Diana. Ay, nos lo pasamos tan maravillosamente, Marilla. Tengo que aportar la mayor parte de la imaginación, pero soy muy capaz de hacerlo. Diana es sencillamente perfecta en todos los demás aspectos.