Abajo, en la base de los acantilados, había cúmulos de rocas erosionadas por el oleaje o pequeñas calas de arena incrustadas de guijarros como de joyas marinas; más allá se extendía el mar, brillante y azul, y sobre él se elevaban las gaviotas, con sus alas reluciendo plateadas bajo la luz del sol.
—¿A que el mar es maravilloso? —dijo Ana, saliendo de un largo silencio de ojos muy abiertos—. Una vez, cuando vivía en Marysville, el señor Thomas alquiló una carreta exprés y nos llevó a todos a pasar el día a la costa, a diez millas de distancia. Disfruté cada momento de aquel día, aun teniendo que cuidar a los niños todo el tiempo. Viví de ese recuerdo en felices sueños durante años. Pero esta costa es más bonita que la de Marysville. ¿A que esas gaviotas son espléndidas? ¿Te gustaría ser una gaviota? Yo creo que sí... bueno, a menos que no pudiera ser una niña humana. ¿No crees que sería maravilloso despertarse al salir el sol, lanzarse en picado sobre el agua y volar mar adentro sobre ese precioso azul todo el día, y luego por la noche regresar volando al propio nido? Ay, puedo imaginarme perfectamente haciéndolo. ¿Qué casa tan grande es esa que está justo ahí delante, por favor?
“Ese es el hotel White Sands. Lo dirige el señor Kirke, pero la temporada aún no ha empezado. Hay montones de estadounidenses que vienen allí para el verano. Piensan que esta costa es perfecta”.
—Temía que fuera la casa de la señora Spencer —dijo Ana con tristeza—. No quiero llegar allí. De algún modo, parecerá el fin de todo.