señorita Stacy ocupaba el lugar de honor, y Ana se imponía el sentimental requisito de mantener flores frescas en la balda situada debajo. Esta noche, una espiga de lirios blancos perfumaba tenuemente la habitación como el sueño de una fragancia. No había «muebles de caoba», pero sí una librería pintada de blanco llena de libros, una mecedora de mimbre con cojines, un tocador con volantes de muselina blanca, un curioso espejo con marco dorado adornado con regordetes cupidos rosados y uvas moradas pintadas sobre su parte superior arqueada, que solía estar en la habitación de invitados, y una cama baja y blanca.
Anne se estaba vistiendo para un concierto en el Hotel White Sands. Los huéspedes lo habían organizado a beneficio del hospital de Charlottetown, y habían reclutado todo el talento aficionado disponible en los distritos de los alrededores para colaborar.
A Bertha Sampson y a Pearl Clay, del coro bautista de White Sands, les habían pedido que cantaran un dueto; Milton Clark, de Newbridge, interpretaría un solo de violín; Winnie Adella Blair, de Carmody, cantaría una balada escocesa, y Laura Spencer, de Spencervale, y Anne Shirley, de Avonlea, recitarían.
Como Anne habría dicho en otra época, era «una época en su vida», y estaba deliciosamente estremecida por la emoción de aquello.
Matthew estaba en el séptimo cielo de orgullo satisfecho por el honor concedido a su Anne, y Marilla no le iba muy a la zaga, aunque se habría dejado morir antes de admitirlo, y decía que no le parecía muy decoroso que un montón de jóvenes anduvieran correteando por el hotel sin ninguna persona responsable que los acompañara.
Anne y Diana debían ir en el buggy de dos asientos con Jane Andrews y su hermano Billy; y también iban varios otros muchachos y muchachas de Avonlea. Se esperaba a un grupo de visitantes de la ciudad, y después del concierto se ofrecería una cena a los artistas.