pesimistamente. Aun así, se alegraba innegablemente de que estuvieran en la misma clase; la vieja rivalidad aún podía mantenerse, y Anne difícilmente habría sabido qué hacer si esta hubiera faltado.
“No me sentiría cómoda sin él —pensó—. Gilbert tiene un aspecto terriblemente decidido. Supongo que se está proponiendo, aquí y ahora, ganar la medalla. ¡Qué barbilla tan espléndida tiene! Nunca me había fijado antes. Ojalá Jane y Ruby también se hubieran presentado al Primer Grado. Aunque supongo que, cuando coja confianza, ya no me sentiré como un perro en misa. Me pregunto cuáles de las chicas de aquí van a ser mis amigas. Es un cálculo verdaderamente interesante. Por supuesto, le prometí a Diana que ninguna chica de Queen’s, por mucho que me gustara, llegaría a serme tan querida como ella; pero tengo montones de afectos de segunda categoría para repartir. Me gusta el aspecto de esa chica de ojos castaños y blusa carmesí. Se ve vivaz y sonrosada; y ahí está esa otra, pálida y rubia, mirando por la ventana. Tiene un cabello precioso y cara de saber un par de cosas sobre los sueños. Me gustaría conocer a ambas —conocerlas bien—, lo bastante como para caminar con el brazo alrededor de su cintura y ponerles motes. Pero ahora mismo no las conozco y ellas no me conocen a mí, y probablemente no tienen ningún interés particular en conocerme. ¡Ay, qué sola me siento!”.
Aún era más solitario cuando Ana se halló sola en su dormitorio del vestíbulo aquella noche al atardecer.
No iba a hospedarse con las otras chicas, que tenían todas parientes en el pueblo para apiadarse de ellas. A la señorita Josephine Barry le habría gustado alojarla, pero Beechwood estaba tan lejos de la Academia que era imposible; así que la señorita Barry buscó una pensión, asegurándoles a Matthew y a Marilla que era el lugar ideal para Ana.
—La señora que la atiende es una dama venida a menos —explicó la señorita Barry—. Su esposo fue un oficial británico, y es muy cuidadosa