dijo que pensaba que las mangas abullonadas eran demasiado mundanas para la esposa de un ministro, pero yo no hice ningún comentario tan poco caritativo, Marilla, porque sé lo que se siente al anhelar unas mangas abullonadas. Además, hace poco que es esposa de un ministro, así que hay que ser indulgentes, ¿no crees? Van a hospedarse en casa de la señora Lynde hasta que la casa pastoral esté lista.
Si Marilla, al ir a casa de la señora Lynde esa tarde, se vio impulsada por algún otro motivo que no fuera el declarado de devolver los bastidores de acolchar que había pedido prestados el invierno anterior, se trataba de una debilidad amable compartida por la mayoría de la gente de Avonlea.
Muchas cosas que la señora Lynde había prestado, a veces sin esperar volver a verlas nunca, regresaron a casa esa noche a cargo de sus respectivos prestatarios. Un nuevo ministro, y además un ministro con esposa, era un objeto legítimo de curiosidad en un tranquilo asentamiento rural donde las sensaciones escaseaban.
El viejo señor Bentley, el ministro a quien Anne había encontrado falto de imaginación, había sido pastor de Avonlea durante dieciocho años. Era viudo cuando llegó y viudo seguía siendo, a pesar de que los chismes lo casaban regularmente con esta, aquella o la de más allá, cada año de su estancia. En el febrero anterior había renunciado a su cargo y partido en medio de los pesares de su feligresía, la mayoría de la cual sentía el afecto que nace de una larga convivencia hacia su buen viejo ministro, a pesar de sus deficiencias como orador. Desde entonces, la iglesia de Avonlea había disfrutado de una variedad de disipación religiosa al escuchar a los muchos y variados candidatos y «reemplazos» que acudían domingo tras domingo a predicar a prueba. Estos salían bien parados o caían ante el juicio de los padres y madres de Israel; pero cierta niña pelirroja y pequeña que se sentaba mansa en el