La señorita Stacy y sus alumnos organizan un concierto
Era octubre otra vez cuando Ana se dispuso a volver a la escuela; un octubre glorioso, todo rojo y dorado, con mañanas apacibles en las que los valles se llenaban de delicadas neblinas como si el espíritu del otoño las hubiera vertido para que el sol las apurara: amatista, perla, plata, rosa y azul humo. El rocío era tan denso que los campos brillaban como telas de plata y había montones de hojas crujientes en las hondonadas de los bosques de múltiples troncos para correr sobre ellas con paso firme. El sendero de los Abedules era un dosel amarillo y los helechos se veían secos y marrones a lo largo de él. Había un toque penetrante en el aire mismo que inspiraba los corazones de las pequeñas doncellas que marchaban, a diferencia de los caracoles, rápida y gustosamente hacia la escuela; y era divertido estar de vuelta en el pequeño pupitre marrón junto a Diana, con Ruby Gillis saludando con la cabeza desde el otro lado del pasillo y Carrie Sloane enviando notas y Julia Bell pasando un trozo de chicle desde el asiento trasero. Ana respiró hondo de felicidad mientras afilaba su lápiz y acomodaba sus tarjetas ilustradas en el pupitre. La vida era ciertamente muy interesante.
En la nueva maestra encontró otra verdadera y servicial amiga. La señorita Stacy era una joven brillante y comprensiva, dotada del feliz don de ganarse y retener el afecto de sus alumnos y de sacar lo mejor que había en ellos tanto mental como moralmente. Ana se abrió como una