El concierto del hotel
—Ponte el de organdí blanco, sin duda, Ana —aconsejó Diana con decisión.
Estaban juntas en el cuarto del gablete oriental; afuera no era más que el crepúsculo, un encantador crepúsculo verde amarillento con un cielo despejado, azul y sin nubes. Una gran luna redonda, que iba perdiendo lentamente su brillo pálido para convertirse en plata bruñida, se alzaba sobre el Bosque Embrujado; el aire estaba lleno de dulces sonidos veraniegos: pájaros somnolientos que gorjeaban, brisas caprichosas, voces lejanas y risas. Pero en la habitación de Ana la cortina estaba bajada y la lámpara encendida, pues se estaba llevando a cabo un arreglo importante.
El gablete del este era un lugar muy diferente de lo que había sido en aquella noche de cuatro años atrás, cuando Ana había sentido su desnudez penetrar hasta la médula de su espíritu con su inhóspito frío. Los cambios se habían ido introduciendo, con la resignada complicidad de Marilla, hasta convertirlo en un nido tan dulce y primoroso como una joven pudiera desear.
La alfombra de terciopelo con rosas rojas y las cortinas de seda rosa de las primeras visiones de Ana sin duda jamás se habían materializado; pero sus sueños habían marchado al mismo paso que su crecimiento, y no es probable que los lamentara. El suelo estaba cubierto por una bonita estera, y las cortinas que suavizaban la ventana alta y se agitaban con las brisas errantes eran de muselina artística de color verde pálido. Las paredes, empapeladas no con brocado de oro y plata, sino con un delicado papel de flor de manzano, estaban adornadas con unos cuantos buenos cuadros regalados a Ana por la señora Allan. La fotografía de la