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nydus/Anne of Green GablesPublic
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XXXIII. El concierto del hotel

y el zumbido la aturdían. Deseaba estar sentada en la platea con Diana y Jane, que parecían pasárselo en grande allá atrás. Estaba encajada entre una señora robusta de seda rosa y una muchacha alta y desdeñosa con un vestido de encaje blanco. La señora robusta se volvía de vez en cuando por completo para examinar a Anne a través de sus lentes, hasta que Anne, agudamente sensible a tal escrutinio, sintió que tenía que gritar a voz en grito; y la chica del encaje blanco no dejaba de hablar en voz alta a su vecina sobre los «paletos de provincias» y las «bellezas rústicas» del público, anticipando lánguidamente «qué diversión» con las muestras de talento local del programa. Anne creía que odiaría a esa chica de encaje blanco hasta el fin de sus días.

Desgraciadamente para Anne, una elocucionista profesional se hospedaba en el hotel y había accedido a recitar. Era una mujer esbelta y de ojos oscuros, con un vestido maravilloso de tela gris brillante como rayos de luna tejidos, con gemas en el cuello y en su cabello oscuro. Tenía una voz maravillosamente flexible y un poder de expresión asombroso; el público enloqueció con su selección. Anne, olvidándose por completo de sí misma y de sus problemas por el momento, escuchó con ojos arrobados y brillantes; pero cuando terminó la recitación, de repente se cubrió el rostro con las manos. Jamás podría levantarse a recitar después de aquello; jamás. ¿Había llegado a pensar alguna vez que podía recitar? ¡Ay, si tan solo estuviera de vuelta en Green Gables!

En aquel momento inoportuno se oyó su nombre. De algún modo, Anne —que no advirtió el saltito de sorpresa, un tanto culpable, que dio la chica de encaje blanco, y no habría entendido el sutil cumplido implícito en él aunque lo hubiera hecho— se puso en pie y avanzó aturdida hacia el frente. Estaba tan pálida que Diana y Jane, allá abajo en el público, se entrelazaron las manos con nerviosa simpatía.

Anne fue víctima de un ataque abrumador de pánico escénico. Por mucho que hubiera recitado en público, jamás se habí­a enfrentado a un

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