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nydus/Anne of Green GablesPublic
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XXVII. Vanidad y aflicción de espíritu

Vanidad y aflicción de espíritu

Marilla, al caminar hacia su casa una tarde de finales de abril tras una reunión de Socorros, comprendió que el invierno había quedado atrás con esa emoción de delicia que la primavera nunca deja de aportar tanto al más anciano y triste como al más joven y alegre. Marilla no era dada al análisis subjetivo de sus pensamientos y sentimientos. Probablemente imaginaba que estaba pensando en las damas de la caridad, en su caja misional y en la nueva alfombra para la sacristía, pero bajo estas reflexiones latía la consciente armonía de unos campos rojos que exhalaban neblinas de un suave tono violáceo bajo el sol poniente, de largas y agudas sombras de abetos que se extendían sobre el prado más allá del arroyo, de arces silenciosos de brotes carmesí en torno a un estanque forestal que parecía un espejo, de un despertar en el mundo y un latido de pulsos ocultos bajo el césped gris. La primavera andaba suelta por la tierra y el paso sobrio y maduro de Marilla era más ligero y ágil debido a su profunda y primigenia alegría.

Sus ojos se posaron con afecto en Tejas Verdes, que se asomaba entre su entramado de árboles y devolvía la luz del sol desde sus ventanas en pequeños destellos de gloria.

Marilla, mientras avanzaba con cuidado por el sendero húmedo, pensaba que era verdaderamente una satisfacción saber que iba a casa, a encontrarse con un fuego de leña que crepitaba alegremente y una mesa bien puesta para merendar, en vez de regresar a la fría incomodidad de las viejas tardes de reuniones de auxilio antes de que Ana hubiera llegado a Tejas Verdes.

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