Matthew se empeña en las mangas abullonadas
Matthew estaba pasando por unos diez minutos muy malos. Había entrado en la cocina, en la penumbra de una fría y gris tarde de diciembre, y se había sentado en el rincón del cajón de la leña para quitarse las pesadas botas, ajeno al hecho de que Anne y un grupo de sus compañeras de escuela estaban ensayando «La Reina de las Hadas» en la sala de estar. Al poco rato llegaron en tropel por el pasillo y salieron a la cocina, riendo y charlando alegremente. No vieron a Matthew, quien se encogió tímidamente en las sombras más allá del cajón de la leña con una bota en una mano y un tirabotas en la otra, y las observó con recelo durante los diez minutos mencionados mientras se ponían los gorros y las chaquetas y hablaban sobre los diálogos y el concierto. Anne estaba entre ellas, con los ojos tan brillantes y vivaces como los de ellas; pero Matthew de repente cobró conciencia de que había algo en ella que la diferenciaba de sus compañeras. Y lo que preocupaba a Matthew era que la diferencia le daba la impresión de ser algo que no debería existir. Anne tenía un rostro más luminoso, unos ojos más grandes y estrellados, y unos rasgos más delicados que las demás; incluso el tímido y poco