Billy Andrews insistió en que Anne fuera en el asiento delantero con él, así que ella subió de mala gana. Habría preferido con mucho sentarse atrás con las chicas, donde podría haber reído y parloteado a sus anchas.
No había mucho de risa ni de cháchara en Billy. Era un joven de veinte años, grande, gordo y flemático, de rostro redondo e inexpresivo, y una penosa falta de dotes para la conversación. Pero admiraba enormemente a Anne y estaba henchido de orgullo ante la perspectiva de conducir hacia White Sands con esa esbelta y erguida silueta a su lado.
Anne, a fuerza de hablar por encima del hombro con las chicas y de dirigir de vez en cuando una migaja de amabilidad a Billy—quien sonreía, soltaba risitas y nunca se le ocurría qué responder hasta que ya era demasiado tarde—, se las arregló para disfrutar del paseo a pesar de todo. Era una noche para disfrutar. El camino estaba lleno de carruajes, todos con destino al hotel, y las risas, claras como la plata, resonaban y resonaban a lo largo de él. Cuando llegaron al hotel, este era un destello de luz de arriba abajo. Las recibieron las damas del comité del concierto, una de las cuales se llevó a Anne al camerino de los artistas, el cual estaba lleno de los miembros de un Club Sinfónico de Charlottetown, entre los cuales Anne se sintió de repente tímida, asustada y pueblerina. Su vestido, que en el gablete del este le había parecido tan delicado y bonito, ahora le parecía sencillo y corriente—demasiado sencillo y corriente, pensó, entre todas las sedas y encajes que brillaban y crujían a su alrededor. ¿Qué eran sus cuentas de perlas comparadas con los diamantes de la señora grande y hermosa que estaba cerca de ella? ¡Y qué pobre debía de verse su única y diminuta rosa blanca al lado de todas las flores de invernadero que las otras llevaban! Anne guardó su sombrero y su chaqueta, y se acurrucó miserablemente en un rincón. Deseaba estar de vuelta en la habitación blanca de Tejas Verdes.
Era todavía peor en la plataforma de la gran sala de conciertos del hotel, donde se vio de pronto. Las luces eléctricas la deslumbraban, el perfume