“No quiero cenar, Marilla —dijo Ana entre sollozos—. No podría comer nada. Tengo el corazón roto. Supongo que algún día sentirás remordimientos de conciencia por habérmelo roto, Marilla, pero te perdono. Acuérdate, cuando llegue el momento, de que te perdono. Pero por favor no me pidas que coma nada, especialmente cerdo hervido con verduras. El cerdo hervido con verduras es tan poco romántico cuando uno está en la aflicción”.
Exasperated Marilla returned to the kitchen and poured out her tale of woe to Matthew, who, between his sense of justice and his unlawful sympathy with Anne, was a miserable man.
—Bueno, pues no debió haber cogido el broche, Marilla, ni haber dicho mentiras al respecto —admitió, contemplando con tristeza su plato de prosaico cerdo con verduras como si él, al igual que Ana, considerara que era un alimento poco apropiado para las crisis sentimentales—, pero es tan pequeña... una niña tan interesante. ¿No te parece un poco duro no dejarla ir al picnic cuando tiene tantas ganas?
—Matthew Cuthbert, estoy asombrada contigo. Creo que la he dejado ir demasiado fácil. Y no parece darse cuenta de lo malvada que ha sido en absoluto; eso es lo que más me preocupa. Si de verdad se hubiera sentido arrepentida, no sería tan grave. Y tú tampoco pareces darte cuenta; la estás disculpando todo el tiempo en tu fuero interno, puedo notarlo.
—Vaya, si es tan pequeña —repitió débilmente Matthew—. Y habría que tener consideraciones, Marilla. Ya sabes que nunca ha tenido ninguna educación.
—Pues ya la está teniendo —replicó Marilla.
La réplica dejó callado a Matthew, aunque no logró convencerlo. Aquella cena fue una comida de lo más sombría. Lo único alegre en ella era Jerry Buote, el muchacho jornalero, y a Marilla su alegría le sentó como un insulto personal.