Durante unos minutos Anne, dejándose llevar lentamente río abajo, disfrutó al máximo del romanticismo de su situación. Entonces sucedió algo nada romántico.
La balsa comenzó a hacer agua. En muy pocos momentos fue necesario que Elaine se pusiera en pie de un salto, recogiera su colcha de tela de oro y su manto de samito negrísimo, y mirara con desconcierto una gran grieta en el fondo de su barcaza por la que el agua estaba entrando literalmente a chorros.
Aquella estaca afilada del atracadero había arrancado la tira de listón clavada a la balsa. Anne no sabía esto, pero no tardó en comprender que se encontraba en una situación peligrosa. A este ritmo, la balsa se llenaría y se hundiría mucho antes de poder llegar a la punta inferior.
¿Dónde estaban los remos? ¡Habían quedado atrás, en el atracadero!
Anne lanzó un pequeño grito ahogado que nadie oyó; estaba pálida hasta los labios, pero no perdió la compostura. Había una posibilidad, tan solo una.
—Estuve horriblemente asustada —le contó a la señora Allan al día siguiente—, y se me hizo eternamente largo mientras la balsa se iba hacia el puente y el agua subía en ella a cada momento. Recé, señora Allan, con muchísimo fervor, pero no cerré los ojos para rezar, porque sabía que la única manera en que Dios podía salvarme era permitiendo que la balsa flotara lo suficientemente cerca de uno de los pilares del puente como para que yo pudiera trepar a él. Ya sabe que los pilares son simplemente troncos de árboles viejos y tienen muchos nudos y restos de ramas viejas. Estaba bien rezar, pero yo tenía que hacer mi parte estando alerta y lo sabía muy bien. No hacía más que repetir: «Querido Dios, por favor, lleva la balsa cerca de un pilar y yo haré el resto», una y otra vez.