—Son los carboneros —dijo John—. Los lugareños de la granja preguntaban si los habíamos visto. Los habríamos visto antes si hubiéramos navegado por aquí.
—Parecen salvajes —dijo Titty—. Vamos a verlos.
—Ahora no podemos, de todos modos —dijo la comadre Susan.
—¿Cómo vamos a volver a casa? —dijo Roger—. No veo absolutamente nada.
El capitán John también se estaba preguntando lo mismo. No podía estar seguro de dónde estaban. No podía ver las señales luminosas detrás del puerto, pero eso era bastante natural, porque estarían ocultas por las rocas altas a menos que la Swallow estuviera frente a la entrada. Y, por supuesto, no podía estar del todo seguro de poder entrar aunque pudiera ver las luces. Sabía que debía poder hacerlo. Pero, después de todo, nunca lo había intentado.
Una cosa es remar guiándose por referencias a la luz del día, cuando si algo sale mal puedes mirar a tu alrededor y ver dónde estás, y otra muy distinta cuando estás envuelto en la oscuridad y no tienes nada en qué confiar salvo en las luces.
De todos modos, lo primero que había que hacer era encontrarlas. La visión de los carboneros allá arriba en la ladera le había indicado más o menos dónde estaba y hacia dónde apuntaba el bote, pero no había estrellas que lo ayudaran, y se alegraba de haber llevado la brújula.
Cogió una cerilla, la encendió y miró la pequeña brújula, moviéndola hasta que la línea marcada en uno de sus lados quedó enfrente del extremo oscuro de la aguja. Eso le indicó dónde estaba el norte. Por fortuna, quedaba justo donde esperaba que estuviera. Enderezó a la Swallow, encendió otra cerilla y le echó otro vistazo a la brújula para asegurarse.