—¡Remolcar a la Amazon! —dijo Nancy horrorizada—. Volvemos a casa a vela. No queremos salvamento.
—Todo está tan húmedo aquí —dijo la madre de las Golondrinas—. Más te valdría volver conmigo a Holly Howe.
—Ahora no —suplicó Titty—. Estamos completamente secos, y nos queda toda una lata de pemmican, y un montón de pastel de pasas, y es nuestro último día.
Habría sido verdaderamente espantoso verse arrastrada de vuelta a casa en una riada de nativos, incluso de los más simpáticos.
La mitad del placer de visitar países lejanos consiste en navegar de regreso a casa después. Además, tenía que despedirse de la isla.
John, Susan y Roger también suplicaron que les permitieran quedarse. Nancy y Peggy se negaron rotunda y tajantemente a marchar.
—¿Y si vuelve a soplar con fuerza? —dijo la madre de las Golondrinas.
Aquí habló el capitán Flint.
—No va a hacer eso —dijo—. Fue solo la primera de nuestras tormentas de otoño. Ya se ha agotado, y no me extrañaría que antes del anochecer reine una calmaicha total. Puede que vuelva a llover mañana, pero casi te garantizo buen tiempo para hoy.
Y así quedó convenido. Todo lo que no se necesitara para el día debía ser empacado en el bote del señor Jackson si iba a Holly Howe, y en la lancha si pertenecía a las Amazonas. La lancha remolcaría al señor Jackson y a su bote hasta la bahía de Holly Howe, para que las dos madres pudieran estar juntas en la cabina.
—Tenemos mucho más de qué hablar —dijo la señora Blackett.