—Tenemos muchísimo que hacer esta mañana —dijo el capitán—. Quiero empalmar todos los rizos antes de que lleguen. Debería haberlo hecho ayer. Y luego el Swallow de verdad necesita una buena limpieza.
—Y quiero que el campamento quede reluciente como una patena —dijo el segundo—. Mis ollas y sartenes son una vergüenza.
Para cuando las percas estuvieron todas limpias y dispuestas en una fila ordenada en el fondo de la barca, Roger y Titty regresaron con la leche.
“Es una lástima —dijo Titty tan pronto como estuvo lo bastante cerca para hablar—. El capitán Flint ha vuelto a las suyas, peor que nunca. Apenas le habíamos dicho buenos días a la señora Dixon cuando empezó a decir que jamás debimos haber tocado la casa flotante. Le dije que no la habíamos tocado. Ella dijo: «Bueno, alguien la ha tocado». Luego se calló y no dijo nada más, ni siquiera cuando le dije que el capitán Flint era una bestia y que ojalá su casa flotante estuviera hundida”.
—No debiste haber dicho eso —dijo Susan.
—Olvidé que era nativa —dijo Titty.
—Ella no nos dio nada de pastel ni melaza. Ni siquiera una manzana —dijo Roger.
—¿Por qué no puede dejarnos en paz? —dijo John.
—¿Qué perca atrapé? —preguntó Roger, mirando la hilera de percas limpias en el fondo del bote—. ¿Fue esta? No fue la más chiquita. Susan atrapó esa. La vi.
Volvieron remando a la Isla del Gato Montes. Susan avivó su fuego, puso mantequilla en la sartén y la derritió para freír las percas. Roger la miró. John subió al punto de observación. Titty lo siguió.