El color del agua cambió. Había estado tan negra como las colinas y el cielo, y a medida que estos palidecían, también lo hacía el lago. Las oscuras islas eran de un verde apagado y gris, y el agua rizada tenía el color de una tetera de estaño.
Cuando John se despertó aún faltaba mucho para el amanecer, pero había la luz suficiente para navegar. Se despertó con un sobresalto y cierta vergüenza por haberse dormido. Se alegró de haber sido el primero en despertar. Supo de inmediato dónde estaban, amarrados al muelle de una de las islas más pequeñas del extremo norte de la bahía de Río. Intentó soltar amarras y levantar la vela sin despertar a los demás, pero, al moverse, ellos se movieron.
Roger bostezó, y se incorporó asiéndose a la borda para mirar por encima del costado. Solo echó un vistazo y luego, sin decir nada, se