El capitán John visita al capitán Flint
Lo primero que hizo John al despertarse por la mañana fue escuchar.
Podía oír la respiración de Roger en algún lugar entre las mantas del otro jergón de heno. Podía oír a un reyezuelo peleándose con algún otro pájaro en la isla. Pero no oía ningún susurro de hojas. No oía ningún ruido de agua en las orillas. Era otro día de absoluta calma.
Se dio la vuelta y miró el barómetro. Apenas se había movido. No, era otro día de calma, y los Swallows y las Amazons se veían separados por largas millas de agua sin viento e inútil. ¿Qué iba a hacer con el capitán Flint?
Pero justo en ese momento oyó un ruido que lo desconcertó, un ruidito, sorprendente, incierto. Era el crujido del fuego. Olfateó. También pudo oler el fuego, el mismo olor penetrante y agradable que había flotado en el campamento de los carboneros.
Salió arrastrándose de las mantas y salió de la tienda, frotándose las lagañas de los ojos. El montón de tierra que era la hoguera del segundo de a bordo estaba humeando. Algunos de los terrones se habían venido abajo. Algunos estaban ennegrecidos. Pero en medio de ellos el fuego aún seguía encendido, haciendo pequeños ruidos como un pájaro que se despierta.