Por fin se decidió de que en realidad no había nada que hacer, salvo esperar y estar atenta a la llamada del búho, que le diría que las Golondrinas habían regresado y la esperaban para encender las luces de guía para ellos, de modo que pudieran llevar a Golondrina y a Amazona hasta el puerto.
—Ojalá la hayan rescatado —dijo ella.
Arregló bien el fuego, con todos los tizones apuntando hacia el centro, y luego lo cubrió con los terrones de tierra que Susan había dejado listos. Eso oscureció mucho todo, así que volvió a descubrirlo. Después de todo, sobraba leña del cargamento que habían traído a la isla dos días antes. Encendió el otro farol de vela e intentó leer a su luz, pero leer no era fácil ni siquiera con el farol de vela, debido a las llamaradas del fuego que proyectaban sombras parpadeantes sobre las páginas. Entonces se acordó de que en el farol solo quedaba un trozo muy corto de vela, y se necesitaría en el puerto. Lo apagó. Le daba miedo tumbarse en la cama por temor a quedarse dormida y no oír la señal cuando volvieran los Golondrina. Así que cogió las dos mantas de la tienda. Se envolvió en una de ellas y se hizo una capucha y una capa con la otra, y se sentó a vigilar el fuego, con la linterna eléctrica y el farol de vela muy cerca. Tenía una caja de cerillas en el bolsillo. Se cercioró de ello. Podía palparla a través de la manta. …
Eso fue lo último que recordó.
La despertó el viento en la cara y el largo canto de una lechuza.
«Tu Whooooooooo. Tu Whooooooooo».
Se incorporó de golpe. ¿Dónde estaba? El fuego se había reducido a ascuas rojas. Estaba muy oscuro, pero se veía un destello en lo alto de los árboles detrás de ella. El faro, claro. ¿Cuánto tiempo hacía desde que había oído aquel búho? ¿Había sido antes de quedarse dormida, o justo ahora, o era un búho oído en un sueño?