Luego llegó el capitán Flint.
“Me alegro por usted, señora Dixon”, fueron sus primeras palabras. “Tendría que habérmelo pensado. Las gachas de avena eran justo lo que hacía falta. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Todo en orden. Nadie se ha ahogado durante la noche”.
“Siete”, dijo Titty. “Te has olvidado de mi loro. Dijo ‘Lindo lorito’ con el relámpago y ‘Piezas de a ocho’ cuando tronó”.
—Siete —dijo el capitán Flint—. Y dos de las tiendas desaparecidas, ya veo. Me temía que pasara. Fue una locura mientras duró. Fue un trabajo duro avanzar contra las olas incluso ahora, aunque el viento ha amainado y el lago no es nada comparado con lo que era. Se calma muy deprisa.
Entonces llegó mamá desde Holly Howe, remada por aquel nativo vigoroso, el señor Jackson. Había traído tres termos grandes llenos de cacao hirviendo.
—Buenos días, señora Dixon —dijo—. Fue muy amable de su parte venir hasta aquí. Tenía miedo de que no pudieran encender la lumbre.
—Es un milagro que lo hayan hecho —dijo la señora Dixon.
—Todavía no hemos podido poner a hervir la tetera —dijo Susan—. No habríamos podido encenderla en absoluto si a Nancy no se le hubiera ocurrido mantener secos unos cuantos palitos.
—¿Y vosotras sois las Amazonas? —dijo la madre, mirando a Nancy y a Peggy.
—Sí —dijo Nancy—, y este es el capitán Flint. Su otro apellido es Turner.
—¿Cómo está usted? —dijo mamá, y el capitán Flint dijo cuánto sentía no haber hecho amistad con los Golondrina antes. —No sabe cuánto le