—Es el señor Turner —dijo el fornido lugareño—. En verano suele vivir en la casa flotante. Este año no deja que nadie se le acerque. El año pasado, esas muchachas Blackett, sobrinas suyas del otro lado del lago, estaban siempre con él. Este año no, sin embargo. Se lo guisa y se lo come este verano, el señor Turner. Nadie sabe qué hace ahí, pero bien que dicen que tiene cosas en esa casa flotante que valen una fortuna.
—Ese es su tesoro —dijo Titty—. Sabía que era un pirata retirado. Claro que no puede dejar que nadie se acerque.
—Vicky me estará buscando —dijo la nativa—, así que no me quedaré con ustedes. Y, de todos modos, estoy segura de que no quieren tener a muchos nativos por aquí. Está empezando a oscurecer y, si yo fuera ustedes, me iría a dormir temprano, pues el sol los despertará por la mañana, aunque no lo hagan los pájaros.
—Muchísimas gracias por traer las cosas —dijo Susan.
—Especialmente los farolillos —dijo Titty.
“Glook, glook, glook”, dijo la nativa mientras empezaba a caminar hacia el embarcadero.
“No, creo que no voy a tomar té, gracias. Tú ya has tomado y el día casi se acaba. Oh —añadió—, hay una cosa que había olvidado”.
Entró un momento en la tienda del capitán y salió de nuevo sonriendo. Luego, mientras caminaba hacia la barca, le dijo a John: “No voy a seguir viniendo a molestarte...”.
—No nos molestas, madre —dijo John.
“No pienso hacerlo de todos modos, pero voy a pedirte que me avises cada dos o tres días —o más seguido si quieres— de que todo está bien. Necesitarías provisiones, ya sabes, y los nativos siempre podemos