la tienda pasó a ser suya y solo suya, y sería bastante fácil volver a poner el colchón del segundo en su sitio cuando llegara la hora de montar guardia sobre todo un campamento.
Se tumbó sobre los dos sacos de paja. El sol brillaba a través de la lona blanca de la tienda, y por la entrada podía ver el humo que ascendía del fuego humeante. Empezó a sentir que estaba realmente sola.
Incluso el zumbido de las abejas en el brezo, justo detrás de la tienda, contribuía a hacerle sentir que no había nadie más en la isla. Aguzó el oído en busca de otros ruidos.
- Los pájaros no cantaban mucho, pero un archibebe silbaba en algún lugar cercano.
- Se oía el chapoteo del agua contra la orilla occidental y, de vez en cuando, el leve susurro del viento en las hojas.
Pero no había ningún ruido humano en absoluto.
Nadie estaba haciendo tintinear latas. Nadie estaba fregando platos. Roger no estaba allí para que lo cuidaran. Susan no estaba allí para cuidar de los dos. John no estaba en el puesto de observación, ni empalmando cabos en el Golondrina en el otro extremo de la isla.
Nadie estaba haciendo nada en la isla. Nada se haría si no lo hacía ella misma. Era como ser la única persona en el mundo.
De pronto oyó el chucu, chucu, chucu de un vapor que bajaba por el lago. Los días normales nadie le hacía mucho caso a los vapores, salvo Roger, pero hoy, al oírlo, el marinero de primera Titty dio un salto y salió corriendo de la tienda hacia la luz del sol. A través de los árboles de la orilla occidental pudo ver que el vapor pasaba muy lejos de la isla. Lo miró con el catalejo. Había mucha gente en cubierta y pudo ver a uno de los marineros al timón.