Encontraron un buen lugar para varar la Swalllow, encallaron la proa, la tiraron bien arriba y amarraron laboza a un roble joven que crecía cerca de la orilla del agua.
—No llevaremos el caldero ni la mochila con nosotros —dijo la madre Susan—. Siempre es mejor hacer fuego en la orilla que entre los árboles. Haremos fuego aquí cuando volvamos, y cenaremos antes de cargar la leña, para no tener que preocuparnos de buscar el caldero y las demás cosas mientras cargamos el barco.
—¿No deberíamos dejar a alguien haciendo guardia? —preguntó el marinero de primera Titty.
—Puedes quedarte si quieres —dijo el capitán John—, pero cuando estemos arriba en la colina podremos ver todo el lago. Si vemos que vienen las amazonas, podremos volver aquí más rápido de lo que ellas podrían llegar remando.
Titty, pensando en los salvajes que había venido a ver, convino apresuradamente en que no hacía falta ningún guardia.
Entonces todo el grupo comenzó a trepar a tropezones entre los árboles.
No habían ido muy lejos cuando llegaron a un camino. Lo cruzaron y entonces el bosque se volvió mucho más empinado. A veces era un misterio cómo los arbolitos se aferraban entre las rocas.
Había toda clase de árboles. Aquí y allá se alzaba un pino alto, pero la mayoría de los árboles eran robles, hayas, avellanos y serbales. No había sendero y las zarzas en el suelo y las largas lianas de madreselva que se entrelazaban de rama en rama hacían que abrirse paso por la maleza fuera una labor ardua.
“Más nos vale ir juntas”, dijo la ma listItem Susan, cuando Titty intentó seguir su propio camino.