Los carboneros
Al día siguiente hizo una calma chicha, de lo más impropia para la guerra. El capitán John se dio la vuelta sobre su jergón de heno y miró el barómetro, que estaba estable.
Salió gatas de su tienda y miró el cielo. Estaba sin una sola nube.
Subió al puesto de observación y miró el lago, que reflejaba las colinas, los bosques y las lejanas granjas de las laderas con tanta nitidez que, según descubrió, si uno las miraba a través de sus propias piernas, le costaba distinguir cuáles eran las reales y cuáles el reflejo en el agua.
Volvió al campamento y encontró a los demás levantándose.
—Ánimo, Titty —decía Roger—. Acuérdate de que la guerra ha empezado y las Amazonas pueden aparecer en cualquier momento.
—No hay viento —dijo el capitán John—, y parece que va a seguir así todo el día. Nunca llegarán si no hay viento. Y nosotros no podemos intentar hacer nada por nuestra cuenta. Está demasiado lejos para remar. Hoy no tenemos que preocuparnos por la guerra. Sin viento, no hay guerra. Es una verdadera lástima.
—¿Puedo remar hasta la orilla por la leche con Titty? —preguntó Roger—. Dijiste que podríamos el primer día de calma.
Si no iba a haber guerra, al menos había muchas otras cosas que hacer.
—Está bien —dijo el capitán John—, pero ten cuidado de no golpearla contra una piedra al atracar.