El puerto oculto
Susan fue la siguiente en desembarcar. Luego Titty con su cesta de vajilla. John se quedó en la Swalllow para repartir las provisiones.
Primero salieron los utensilios de cocina sueltos que se habían metido por cualquier parte. Luego salieron las dos tiendas, cada una enrollada en su lona impermeable, después las latas de galletas y luego la pesada caja de hojalata con los libros y el barómetro y las cosas que había que mantener secas.
Eso aligeró el bote, y la maestre Susan y el marinero de primera lo arrastraron un poco más arriba en la orilla, lo que facilitó llevar a tierra los grandes sacos llenos de alfombras y mantas.
Todo quedó amontonado en la playa de guijarros secos.
—Ahora, señor oficial —dijo el capitán John—, vamos a explorar.
—Lo primero que hay que hacer —dijo Susan—, es encontrar el mejor lugar para nuestro campamento.
—No se ve muy bien desde ninguna parte —dijo Titty.
—Queremos un trozo de terreno llano con árboles para sujetar las tiendas —dijo John.
—Y un buen sitio para hacer fuego —dijo Susan.
—¿Es seguro dejar las cosas aquí? —dijo Titty—. Podría haber un maremoto de cuarenta pies de altura que arrasara con todo.