—Y si lo hicieran, aún quedarían los aros de John y mi hoguera —dijo Titty.
Avanzaban mucho más deprisa cuando caminaban por el sendero que serpenteaba ladera arriba de lo que lo habían hecho cuando trepaban entre los arbustos y los árboles.
Al poco tiempo, el sendero desembocaba en un claro en una zona de terreno llano. En medio del claro había un gran círculo de tierra negra quemada.
—Aquí es donde los salvajes han celebrado un corroboree —dijo Titty—. Asaron a sus prisioneros en el fuego y bailaron a su alrededor.
—Gritando como locos —dijo Roger.
Al otro lado del claro encontraron el camino de nuevo. El ruido de los hachazos estaba ahora muy cerca. Un agudo olor a madera humeante les cosquilleó las narices.
De repente salieron de los árboles otra vez a la ladera abierta. Todavía quedaban muchos árboles grandes, pero los más pequeños y la maleza habían sido cortados. Había montones largos de ramas cortadas todas a la misma medida y ordenadamente apiladas, listas para el fuego. Había un montón que formaba un círculo completo con un agujero en medio.
A unos cuarenta o cincuenta metros de distancia había un gran túmulo de tierra con pequeños chorros de humo azul de leña brotando de él. Un hombre con una pala estaba alisando el túmulo y echando una paletada de tierra dondequiera que el humo asomaba. A veces se subía al propio túmulo para sofocar un chorro de humo cerca de la parte superior. Tan pronto como tapaba un agujero, otro chorro de humo aparecía en cualquier otro lado. El ruido de los hachazos había cesado justo antes de que los exploradores salieran a espacio abierto.
—Mirad, mirad —gritó Titty.