—¿Podríamos hacerlo con un poco de fuego? —preguntó Susan—. Si lo cubro con tierra, ¿durará toda la noche mi hoguera?
—Sí —dijo el joven Billy—, si quieres que un fuego dure, cúbrelo con terrones de tierra y échales un poco de agua para apaciguarlo. Seguirá prendido por la mañana y te hervirá la tetera cuando le quites los terrones.
—Lo probaré esta noche —dijo Susan.
—Déjame el catalejo —dijo Roger.
El capitán John miraba a través del catalejo el lago que se extendía muy por debajo de ellos. Desde aquellos altos bosques donde los carboneros tenían su hoguera y su choza de palos de alerce, se podía ver el lago en toda su longitud.
Muy más allá de Río y de sus islas, el lago azul bajo el cielo despejado del verano se extendía hacia los grandes montes. Allá hacia el sur, el lago se estrechaba y se estrechaba hasta convertirse en un río serpenteante a través de tierras bajas y verdes.
Una nubecilla de vapor blanco, allí donde el lago terminaba y el río empezaba, indicaba el lugar donde uno de los vapores del lago aguardaba junto al muelle. Otro vapor avanzaba lago abajo a la altura de Darien. En aquel día sin viento, el agua estaba lisa y azul, pero en la popa del vapor se abrían dos largas y extensas olas, como una enorme V que se desplazara por el lago de una orilla a la otra.
—Déjame el catalejo —dijo Roger de nuevo—, quiero ver nuestra isla.
—Espera un minuto —dijo el capitán John—, hay un bote muy cerca de él.
—No serán los Amazonas —dijo Titty—, ¿viniendo a hacernos un ataque sorpresa?