en la parte superior. El clavo en el tocón con la cruz blanca estaba bastante bajo. No habría ningún tipo de dificultad con eso.
Empezó a pensar que iba a pasar muchísimo tiempo hasta que oscureciera, y aún más hasta que la Golondrina y su tripulación regresaran navegando. Pero valdría la pena con tal de que trajeran a la Amazonas con ellos como trofeo. Eso les enseñaría a los piratas. Y entonces, al día siguiente, los Golondrina navegarían río arriba hacia el Amazonas para decirles a los piratas que habían perdido la guerra, y para traer a Nancy y Peggy de vuelta a la Isla del Gato Montés como prisioneras humildes y respetuosas. Por un momento, Titty deseó estar con los demás en la Golondrina. Ahora debían de estar registrando las islas junto a Río, vigilando atentamente, esperando el anochecer antes de avanzar hacia la desembocadura del río. Se preguntó cómo sería el río. Aun así, uno no puede tenerlo todo, y si no hubiera decidido quedarse en casa y encender el faro y las luces de aproximación, nunca habría tenido la oportunidad de tener una isla entera para ella sola.
Se quitó los zapatos y caminó chapoteando hasta la gran roca situada a un lado del puerto. Trepó hasta la cima y se tumbó allí, mirando hacia el fondo del lago y observando cómo el vapor se acercaba girando hacia el lejado muelle.
Y justo en ese momento vio al mirlo acuático.
Un pájaro redondo y rechoncho, con una cola corta como la de un chochín, el lomo pardo y un amplio chaleco blanco, estaba de pie sobre una piedra que sobresalía del agua a menos de doce pies de distancia. Hizo una reverencia, como si estuviera saludando con una genuflexión rápida y despreocupada.
—Qué modales —se dijo Titty a sí misma. Se quedó completamente quieta mientras el pequeño pájaro pardo y blanco daba saltitos en su piedra.