Toda la tienda se vino abajo de golpe, una masa de lona mojada, sepultando a Susan, a Titty y al loro entre sus pliegues, tirando su farolillo de vela y apagándolo.
Desde las otras tiendas, oyeron el chasquido, un grito enfadado del loro al caerse su jaula, y después unos gritos ahogados de «¡Auxilio! ¡Auxilio!».
John y Nancy salieron de sus tiendas en un momento. John llevaba su linterna, pero no había necesidad de usarla, pues un resplandor largo y parpadeante de relámpagos les mostró la masa gris y mojada de la tienda del segundo al suelo con algo luchando bajo ella.
Levantaron el extremo de la tienda donde había estado la puerta. El segundo Susan y la marinera raso Titty salieron a gatas, la marinera raso arrastrando la jaula del loro, que había perdido su paño azul.
—Entren a nuestra tienda, rápido —gritó Nancy entre el rugido del viento.
—¿Y nuestras cosas? —gritó Susan.
—¿Y la capa azul de Polly? —gritó Titty.
—Mojados de todas formas. Déjalos —gritó Nancy, y la verdad es que era lo único que se podía hacer.
Protegiendo al loro del viento y la lluvia lo mejor que pudo, Titty corrió hacia la tienda de las Amazonas, donde encontró a Peggy, que se alegró mucho de verla. Susan la siguió.
—Tendríamos que haber sacado el farol —dijo—. Solo te queda un cabo de vela.
—¿Crees que van a derribar los árboles? —dijo Peggy.
«Ya habrían bajado si vinieran», dijo Susan.