Justo en ese momento la tetera cambió de tono. Susan sopló su silbato para avisarle al capitán John que el morfi estaba listo.
—Siéntense, marineros de proa —les dijo al marinero competente y al muchacho. Ellos se sentaron.
El capitán John volvió, muy sofocado, con un enorme atado de leña a sus espaldas. Había doblado un trozo largo de cuerda y lo había pasado alrededor de los palos para mantenerlos juntos.
Después de cenar siguieron juntando leña. El capitán, el marinero experto y el muchacho la juntaban, y Susan la clasificaba y la guardaba en el Swallow. Siempre es asunto del primer oficial ocuparse de la estiba de la carga. Al poco rato, cuando hubieron juntado toda la mejor leña de aquel trecho de playa, embarcaron, remaron bordeando la costa y la metieron de nuevo en una bahía cuyas orillas estaban marrones de ramitas secas. El Swallow no tardó en llenarse tanto de leña que apenas había espacio para su tripulación.
“No aguantará mucho más”, dijo el segundo.
—Ya está cargada hasta la línea de flotación —dijo el capitán.
—Bueno, con eso basta entonces —dijo el segundo, pero justo en ese momento apareció Titty, arrastrando tras de sí el tronco entero de un pequeño árbol seco que había sido derribado por la gran tormenta del invierno pasado. Estaba completamente seco y era perfecto para leña, y nadie quería dejarlo atrás.
—Tendremos que llevarlo como carga de cubierta —dijo el capitán John.
Swallow iba ya tan cargada que apenas podían apartarla de la orilla. El segundo mandó a Titty y a Roger a bordo y los mandó a popa. Luego, ella y el capitán se quitaron los zapatos y las medias y, a cada lado, tiraron de Swallow hasta que flotó. Era muy desagradable andar sin zapatos ni medias sobre las piedras, pero agradable sentir el agua.