—Cancela eso —gruñó la capitana Nancy. El capitán John era en realidad comodoro, pero en ciertas cosas la capitana Nancy no podía evitar llevar la delantera.
«Ata al prisionero al mástil», dijo, y así se hizo.
—No te rías —le bramó al prisionero.
—Entonces ayude a ese pirata a salir de mi casco colonial —dijo el capitán Flint.
Roger, el muchacho, había cogido el gran casco colonial, se lo había puesto y la cabeza entera se le había metido dentro. Hubo una pausa de un momento mientras la madre Susan lo libraba de él.
—¿Le importaría ponérmelo en la cabeza? —dijo el preso—. Un último deseo, ya sabe. Mi calva no soporta el sol.
La compañera Susan se lo puso y el preso, meneando la cabeza, se la acomodó de un sacudón.
—Ahora, capitán John —dijo Nancy—. Debemos considerar sus crímenes. El peor es la traición. Todo este verano ha estado en contubernio con los nativos.
—Desertación —dijo Peggy—. Nos abandonó.
—Vino a la Isla del Gato Montés y entró en nuestro campamento cuando no estábamos —dijo Titty.
—Llamó mentiroso al capitán John —dijo Nancy.
—Eso fue un error —dijo el capitán John apresuradamente—. Ya hemos hecho las paces por eso.
—Podemos dispensarle eso, entonces —dijo la capitana Nancy—. Pero no importa. Sus otros crímenes son más que suficientes. ¡Que levanten la