Estaba rodeando el extremo de la isla. Siguió nadando de espaldas. Se dio la vuelta y levantó la cabeza. Por un momento vio el desembarcadero y la Swallow varada allí en la playa. Su cabeza se hundió y tragó más agua. Sopló y escupió tosiendo. Aun así, el desembarcadero en realidad no estaba tan lejos. Se puso de costado y siguió nadando. De algún modo, los brazos no querían remar, y las piernas no se encogían ni daban las patadas con la fuerza que debían.
—Lo has conseguido —gritó Titty.
—V vamos —gritó Roger.
De nuevo John avistó el embarcadero. Tenía que hacerlo ahora. De repente volvió a sentirse más fuerte. Nadie nadaba hacia la playa. Había salido desde este lado de Swallow. Bien, no tocaría fondo hasta estar en el otro lado.
Un par de brazadas más y se aferró a la borda de babor de Swallow, tocó el fondo y arrastró su cuerpo hasta la orilla, tosiendo, escupiendo, tiritando, chisporroteando y triunfante. Titty y Roger vitorearon. John estaba demasiado falto de aliento como para hablar.
—Aquí tienes una toalla —dijo Susan—. La he calentado junto al fuego.
Se lo echó a los hombros. Se frotó primero un brazo y luego el otro. Se sentía mucho mejor.
—Bueno, pensé que podía hacerlo —dijo al fin—. Al fin y al cabo, el día había salido bueno, a pesar del capitán Flint.
Susan estaba justo pensando en preparar la cena cuando se oyó un grito de Titty, que se habia llevado el catalejo al puesto de observación por si acaso había cormoranes, piratas o cualquier otra cosa digna de verse.