—¡Hurra, no hay que cocinar! —dijo Susan.
—Ajá —rió la nativa—. Pensé que te cansarías de eso. Pero debo decir que parece que te has apañado muy bien. ¿Ninguna enfermedad en el campamento?
—En absoluto —dijo Susan—, y no es que esté harta de cocinar, pero es estupendo no tener que hacerlo, aunque sea solo por esta vez.
—Por supuesto que hemos tenido peste y fiebre amarilla y el vómito negro y todas las demás enfermedades propias de las islas desiertas —dijo Titty—. Pero las curamos todas de golpe.
—Así es —dijo la nativa—, nunca dejes que una enfermedad se prolongue.
Subieron la cesta de picnic hasta el campamento. La enfermera trajo a Vicky a la orilla, y todos la felicitaron por su cumpleaños.
Vicky llevaba el elefante con ella. Se olvidó el cordero en la barca, y tuvieron que ir a buscarlo más tarde.
A Vicky le gustaba más el elefante que el cordero porque era más pequeño. El cordero era tan grande que siempre lo dejaban en cualquier parte y se olvidaban de él.
La nativa abrió el cesto. Encima, bien envuelta en papel de seda, había una tarta de cumpleaños, una enorme en la que ponía Victoria con azúcar rosa sobre el glaseado blanco y dos guindas grandes en el medio, porque Vicky cumplía dos años. Luego había un pollo frío. Luego había una ensalada en una fuente grande de Budín.