Robinson Crusoe y el hombre Viernes
Miró alrededor del campamento y sintió enseguida que algo iba mal.
Había dos tiendas, y un náufrago en una isla desierta solo debería tener una. Por un momento pensó en desmontar la tienda del capitán, pero entonces recordó que durante una parte del tiempo no sería una náufrago, sino que estaría al mando de un campamento de exploradores, mientras el grupo principal había zarpado en una expedición desesperada. Durante esa parte del tiempo, cuantas más tiendas hubiera, mejor.
Así que decidió no desmontar la tienda del capitán.
«Es la tienda de Viernes —se dijo—. Claro que aún no lo he descubierto. Pero está lista para él cuando llegue el momento».
Luego entró en la tienda que le pertenecía a ella y al segundo. Seguía siendo una tienda muy propia de Susan. Susan se había llevado sus mantas, pero había dejado su colchón de paja. Estaba bastante claro que era una tienda perteneciente a dos personas y no a un marinero solitario y náufrago. Así que el marinero de primera cogió el colchón de paja de Susan, lo puso encima del suyo propio y extendió sus mantas sobre los dos. Al instante,