Él hace la paz y declara la guerra
Durante unos instantes después de que Nancy se hubiera alejado en su barca, Peggy y las Golondrinas se quedaron mirándola en silencio. Nadie sabía exactamente qué iba a hacer.
—Tal vez no debí habérselo contado —dijo John al fin.
—Menudencias —dijo Susan—. Habría tenido que enterarse tarde o temprano. Vamos a montar la tienda de las Amazonas antes de que vuelva.
—De acuerdo —dijo Peggy—. Tenemos todas las cosas aquí. Nancy trajo los bastones.
—¿No deberíamos coger a Golondrina e ir a ayudarla? —dijo Titty.
—Más vale que no —dijo Peggy—. Si hubiera querido ayuda, no habría ido sola.
Desenvolvió su gran bulto blanco. Era una tienda, pero no estaba hecha como las tiendas de las Golondrinas.
—¿Dónde están esos palos? —dijo—. Están todos en dos piezas. Los encajas y te quedan cuatro de la misma longitud. Luego los metes por los dobladillos de las esquinas de la tienda. Ajustan horriblemente mal. Los dos primeros son bastante fáciles, pero después es horrible, porque cuesta muchísimo mantener el dobladillo derecho para que entre el palo. Oye, si tu marinero de primera y el muchacho se agarran al otro extremo y lo mantienen estirado, será más fácil.