entrar. Pero podían oír el estruendo de las rompientes en los bajíos exteriores y a lo largo de la empinada orilla occidental. Titty se apartó de los demás y gateó hasta el borde del bajo acantilado que bordeaba aquella orilla, y se agachó allí, cara al viento. El rocío de las olas que rompían debajo de ella le salpicaba la cara. Destellos de rayos iluminaban todo el lago y mostraban grandes olas que se extendían de lado a lado con crestas blancas y espumosas. Luego volvía a oscurecer. Después, más relámpagos le mostraron los campos, los bosques y las colinas del otro lado del lago, más allá de las aguas enfurecidas.
Los demás la echaron de menos y habrían regresado a la tienda sin ella si Nancy no hubiera visto el destello de una linterna hacia la izquierda del sendero.
John la encontró y le tiró de la manga.
—Venid —gritó—. Creíamos que ya os habíais adelantado.
—Sí, capitán —dijo Titty, aunque John no podía oírla, y se reunieron con Nancy en el sendero y regresaron juntos a la tienda.
—Bueno —dijo Susan—, si estabas mojada antes, ahora estás mucho más. Y no hay nada para cambiarse.
—Valió la pena —dijo Titty.
—¿Estaban bien los botes? —preguntó Roger.
—Más resguardados imposible —dijo la capitana Nancy—. Pero sus tripulaciones van a tener que sacar mucha agua a balde mañana por la mañana.