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nydus/Swallows and AmazonsPublic
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XVIII. Robinson Crusoe y el viernes

Quizá la gente del vapor estuviera mirando la isla. No sabían que allí no había nadie más que un marinero de primera que había naufragado veinticinco años atrás. Por supuesto, eso era porque no había ondeado ninguna bandera para indicar que estaba allí y esperaba ser rescatada. ¿Pero quién hondearía una bandera para que la rescaten si tiene su propia isla desierta? Eso era lo que arruinaba a Robinson Crusoe . Al final volvía a casa. Nunca debería haber un final.

El vapor se apresuró lago abajo, y Titty lo siguió a través de los árboles en la alta orilla occidental de la isla. El sendero hacia el puerto se estaba convirtiendo en una auténtica vereda trillada.

«La verdad es que parece que llevara aquí años y años —dijo Titty—, pero es una lástima no tener cabras. Las cabras habrían ramoneado enseguida todas estas ramas que cuelgan sobre el sendero y te atrapan el pelo si intentas correr por él a toda prisa».

Sacó su navaja y comenzó a podar las ramas para mejorar el sendero. Cada rama que colgaba sobre el camino y estaba lo suficientemente baja como para estorbar, la rompía o la cortaba hasta que, trabajando duro, dejó el camino despejado en todo su trayecto hasta el puerto.

Luego corrió por él en ambas direcciones, hacia el campamento y de vuelta al puerto. Ahora sí que era un sendero. Qué cosa tan curiosa que a nadie se le hubiera ocurrido despejarlo antes. De algún modo, siempre había más tiempo para hacer las cosas cuando una estaba sola.

En el puerto se estiró hasta alcanzar el clavo en el árbol bifurcado para asegurarse de que podría colgar en él el farol. No alcanzaba del todo, pero eso estaría bien porque sostendría el farol por la parte inferior, y el aro que tenía que engancharse en el clavo estaba

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