El loro verde, posado en el borde de la mesa del camarote, intentaba arrancarle la cabeza a una pequeña estatuilla de jade de Buda que el capitán Flint había comprado en Hong-Kong.
—Adelante, Polly —dijo el capitán Flint—, destrúyelo.
—Bonita Polita —dijo el loro, y sosteniendo el pequeño ídolo con una garra, lo forcejeó con su fuerte pico curvado.
“Por qué demonios no se habrán llevado algunas de estas cosas si las querían, se me escapa”, dijo el capitán Flint, quien por vivir tanto tiempo solo estaba acostumbrado a hablar bastante consigo mismo y con el loro.
“Y luego van y se llevan la única cosa que no les podía servir para nada pero que a mí me importaba muchísimo. Nunca cierres nada con llave, Polly, y nunca lo perderás. Quienquiera que haya sido el ladrón, se llevó esa caja simplemente porque era pesada y no pudo abrirla. Si fue ese muchacho, debe de ser fuerte. Pero tal vez tuvo a otros para ayudarlo. Bueno, cuando la abra, se arrepentirá de no haber tomado otra cosa. Musgo variado, por ‘Una piedra rodante’, no significará gran cosa para él, Polly, aunque significó mucho trabajo duro para mí”.
—Bonita Polly —dijo el loro, mientras la cabeza del ídolo caía al suelo.
El capitán Flint se agachó para recoger la cabeza caída, y el huevo roto de un emú crujió bajo sus pies.
“Ni todos los caballos del rey ni todos los hombres del rey —dijo el capitán Flint— podrán volver a armar a Zanco Panco ni lograrán que me siente a escribir Musgo mezclado por segunda vez”.
El loro verde dio un graznido fuerte y enfadado cuando el capitán Flint cogió la pequeña cabeza de jade.